RESEÑA HISTÓRICA

 

 

Allá por el año de 1885 en un sitio llamado "Pugacho", algo cercano a la "Villa de Ibarra", (como se llamaba en aquella época) existía una cantera de la cual extraían piedras para labrarlas y utilizarlas en edificios y otras construcciones.
 
Cierta mañana del mes de Septiembre, como de costumbre, llegaron a aquel lugar los picapedreros, pero antes de empezar el trabajo se santiguaron y rezaron un Ave María, pues eran muy devotos de la Virgen, para que les protegiera en este lugar duro y peligroso, como también para que les rinda en sus afanes.  De inmediato comenzaron afanosamente en su labor cotidiana y así derrocaron un enorme bloque de piedra fina y dura. Entusiastas iban desbastando las partes más toscas en su contorno. Cuando creyeron conveniente y con un poco de esfuerzo y entre todos diéronle la vuelta y, ¡Oh sorpresa!, observan llenos de asombro como en la parte plana se hallaba de una manera visible y bien marcada la Silueta de la Santísima Virgen.
 
Asustados, suspendieron el trabajo, se arrodillaron y rezaron el Ave María. Luego se trasladaron hacia Ibarra en busca de un Sacerdote para contarle sobre este hallazgo, pero él no dio mucha importancia a aquella noticia bastante rara; sin embargo, ante la insistencia y la manera de hablar un tanto asustada de quienes acudieron a él, entró en una pequeña duda y les pidió que trajeran la piedra para verla.
 
Volvieron algo desalentados, pero se pusieron de acuerdo con otros compañeros y vecinos, así nuevamente con mucha delicadeza y respeto, trataron de alizar la piedra y alivianar el peso lo más posible. Con trozos de madera y cabestros formaron una "huanga" para halarla con bueyes, porque de otra manera sería imposible llevarla debido a su gran peso. Terminada esta labor trajeron la yunta de bueyes con la huanga junto a la piedra, se acercaron los trabajadores para colocarla en ella, pero les fue imposible, porque parecía que la piedra había aumentado su peso en lugar de disminuirlo. Fue inútil crecer el personal porque no dio el resultado apetecido.
 
Ante esta sorpresa fueron nuevamente a participar este hecho al Sacerdote e invitarle a que viniera personalmente, pero tampoco quiso darles crédito, mas insistió a que le trajeran de cualquier manera.
 
Los trabajadores, más por obediencia que por voluntad, insistieron en ver la manera de trasladar la piedra, para lo cual aumentaron aún más el personal, pero sin resultado favorable; colocaron esta vez dos yuntas y fue imposible moverla del lugar.
 
El que hacía de jefe, dijo: “parece que es una manifestación extraordinaria de la Virgen, pues cuando los trabajadores laboraban solos, la movieron, y ahora que quieren llevársela, es inamovible. Como el Señor Cura no quiere venir a verla, me parece que La Virgen tampoco quiere ir a la Villa.”
 
Deliberaron un poco más y decidieron llevarla sea a Caranqui, Atuntaqui o San Antonio, pero alguien preguntó: y si no podemos llevarla a uno de estos pueblos, ¿qué haremos? Después de unos momentos de silencio, el que hacía de jefe, dijo: “haremos una especie de gruta y allí colocaremos esta piedra, después de hacerla bendecir. Ella, (La Virgen) resolverá.”
 
Dicho esto intentaron llevarla a Caranqui, para lo cual trajeron la yunta de bueyes con la huanga e intentaron mover la piedra, pero el resultado fue nulo y desistieron.
 
Ante esta noticia vinieron muchos pobladores de Atuntaqui para llevarla a su pueblo, pero tampoco pudieron. Algunas personas desanimadas se retiraron, pero los demás continuaron en el proyecto, trajeron dos yuntas y el resultado fue negativo.
 
Ante este nuevo percance, ya casi desalentados, resolvieron hacer el último esfuerzo y conducirla a San Antonio, para lo cual acercaron las dos yuntas, aumentaron cabestros y la huanga y cuando estuvo todo listo, empujaron la piedra sobre ella y al instante se movió con suma facilidad. Llenos de inmensa alegría observaron que no era menester de otra yunta, porque el peso del bloque no era solamente el normal, sino que daba la sensación de haber disminuido.
 
Ante este hecho, que ya le llamaron milagroso, y cuando estaba la piedra sobre la huanga resolvieron enviar un emisario al pueblo, a fin de que manifestara al Sacerdote todo lo que había sucedido.  El Sacerdote tranquila y pacientemente le escuchó, ante la emoción y la manera de sus expresiones y con la prudencia debida aceptó la invitación, tomó el caballo que le brindara y partió con otros acompañantes, porque esta novedad había empezado a propagarse rápidamente. Llegando al lugar, examinó la piedra y efectivamente al ver la silueta se convenció de la realidad. Les invitó a hacer una oración y luego se dispusieron al traslado.  No fue menester de muchos brazos ni de otra yunta de bueyes, sino únicamente la del indiecito que dejó de orar en su terreno para conducir a la Madre de Dios.

Se organizó una procesión, se rezaba el Rosario, se cantó la letanía, y entre rezos y cantos llegaron hasta la puerta del Templo ya con repiques de campanas.  El Sacerdote Párroco David Martínez Orbe, dijo a sus feligreses que aún no se debía introducirla al Templo y se resolvió colocarle en un lugar decente, prohibiéndoles colocar luces antes de la bendición litúrgica y así lo hicieron.

Partió a Ibarra para exponerle al Sr. Obispo todo lo acaecido en su parroquia, con todos los detalles y su proyecto de adecuarlo para la pública veneración, con los debidos retoques de un artista, como existe en esta privilegiada parroquia de San Antonio.

Este memorable y extraordinario suceso ocurrió en el año 1885 en la administración del Tercer Obispo de Ibarra, Monseñor Pedro Rafael González y Calisto que sirvió en la Diócesis desde 1876 a 1892.
 
Ya con la venida del Sr. Obispo se procedió a ejecutar lo conveniente, esto es, a desbastar ciertas partes toscas de la piedra y realizar una pintura aclarando la Silueta de La Virgen para que sea visible a la distancia. Al domingo siguiente se realizó la solemne bendición ritual y fue trasladada procesionalmente entre flores, cantando la letanía al altar lateral de la capilla del Templo, dedicada a la Inmaculada, donde se celebró la primera Eucaristía en su honor, permaneciendo hasta el año de 1926.

Como cada año se aumentaba la devoción y fervor a la Virgen, debido a los milagros que experimentaban y por la solemnidad que cobraban sus festividades el 15 de Septiembre, fue preciso el traslado de la piedra al altar mayor realizado por el Sacerdote Carlos A. Vacas, el 30 de Agosto de 1926.

Haciéndose realidad así las palabras de La Virgen:

"Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí, su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación".


 

 

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Oracion a La Virgen de las Lajas

ORACIÓN A LA VIRGEN DE LAS LAJAS

 

 


 

Madre mía de las Lajas, con la confianza más grande y con el amor más puro me llego a vuestros pies; yo sé que en la ternura de vuestro regazo el afligido encuentra consuelo;
 
el desvalido un auxilio; el enfermo el remedio; el pobre mil esperanzas y perdón el pecador. Yo sé que a ninguno desoyes, yo sé que a todos escuchas y que quisiste venir hasta esta roca bendita para acompañarnos, ayúdanos mientras peregrinamos por la tierra;
 
atiende pues, oh Madre mía de las Lajas, los ruegos y plegarias que te dirijo desde el fondo de mi corazón, en tus manos pongo mis esperanzas y consuelos;
 
líbrame de los peligros, asísteme en mis dolores, socórreme en mis necesidades; oye benigna mis súplicas y alcánzame de vuestro
 
Santísimo Hijo las gracias y favores que confiado en tu amor te vengo a pedir….. y agradecido, poder en el cielo cantar vuestras glorias eternamente.
 
Amén
 

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